Os doy la bienvenida a los conquistadores de sueños y de islas, a los que añoran el azul turquesa, a los que descubren nuevas ilusiones y pasiones, porque nunca es tarde para vivir añorados deseos...
Parte metereológico de hoy: neblina matinal con un viento sureste que va subiendo; ligero mar de fondo.
Lo que en términos laborales y prácticos significa:
Que va a hacer un bochorno de no te menees, con una humedad de sauna sueca, que cuando el sol salga, que va a salir, parecerá que te han echado encima las brasas de un horno moro; que la mar se va a poner en maretón y que en la calita tan mona ella para el baño voy a tener un balanceo de por lo menos 30º que me va a poner los tobillos como jamones. Por no hablar de la sal que nos va a salpicar en el recorrido.
En fin, que me siento como decía Anníbal Leckter en El Silencio de los Corderos... menos mal que me he levantado de buen humor.
Me gustó sacar ayer la rubitadelamalaostia que llevo latente en mis entrañas bajas y mira, hasta tuve muy buena la noche.
Hoy luce el sol que parece que han abierto la puerta del infierno, y el clásico viento de sureste en esta Palma amenaza con volvernos locos otra vez... no me gusta el viento, lo detesto.
Me gusta la hospitalidad aunque no se haga uso de ella, te hace sentir apreciado y querido.
No me gusta cómo está mi pelo. Dos meses de salitre, sol y gorra están haciendo estragos... espero que no sean irreparables que estoy en una edad muy mala para estas cosas.
En Cala Blava, con una de las 19 peques que he tenido a bordo. Prim@s, herman@s entre sí... las niñas acabaron con mi esmalte de uñas.
Camino de Palma, anocheciendo. Ver anochecer en alta mar es una experiencia conmovedora.
Mi Capitán en un momento de descanso, confidencias y desahogo, al atardecer. Es un hombre paciente, responsable, de buen carácter, disponible, cariñoso, discretísimo, silencioso, serio, de una fortaleza física extraordinaria. Es duro su trabajo, y de mucha responsabilidad. Le he cogido muchísimo cariño.
Pista de dónde estoy. ¿Cómo era aquella princesa que echaba la mega-trenza a su príncipe para que subiera a su torreón?
El barquito no ha podido soportar por más tiempo mi inquietante, perturbadora y arrebatadora presencia y se le han abierto las carnes por la obra viva de la amura de estribor, casi en la quilla, y lo hemos tenido que ingresar de urgencia en el astillero, con gotero y suero incluido... así que aquí me encuentro, a 6 metros de altura sobre tierra en dique seco y con una maravillosa escalera oxidada que me ha puesto mi capi para que me vean el tanga mini todos los obreros que hay aquí, que son como le gustan a mi amiga Kira, sudorosos, con camisetas grasientas y sin afeitar... no te lo imagines Kiri, que no vas a dormir.
Así que me he pegado un día de playita, de comer antes de las 6 de la tarde y con siesta incluida. Lástima que estos obreros sean tan eficientes en lo suyo y mañana ya lo tiremos al agua otra vez.
En fin, que no sé todavía muy bien si he venido a trabajar o de retiro espiritual. Cuántas experiencias tan interesantes estoy teniendo.
La tenue luz de un sol incipientemente abrasador ilumina la habitación, llega a mis ojos como dos finas drizas izando mis párpados, lenta, suavemente. Miro, y me gusta lo que veo. Remoloneo entre las sábanas buscando unos minutos más de mente en blanco, mientras mis manos se deslizan bajo la almohada. La abrazo, y se abre una ventana.
La brisa hace cosquillas con mi flequillo, y las puertas de mi nariz se abren para recibir lo que me trae: algas, sal, espuma. Y pensar que en otro tiempo el olor anhelado era el café!!
Un tierno fantasma se abalanza sobre mí con sus brazos de perfumes marinos, me destapa, me arrastra sobre el suelo de madera hasta la puerta, la traspaso sin percibir siquiera si está abierta o cerrada, y allí aparece, brillante, cegadora, inagotable. La mar.
Me hipnotiza. Me trajo un regalo durante mi sueño, lo dejó a pocos metros de mi orilla. Es un pequeño menorquín, no sé donde empieza ni dónde acaba… pues el azul de su casco se confunde con el turquesa del agua. Me mira fijamente, su proa apunta a mi entrecejo, como desafiante, emanando seguridad en sí mismo de una forma casi impertinente, insolente, con un desdén intrínseco. No soy dueña de nada en mí, mis pies se mueven solos, la dorada arena resbala sobre sus empeines y me acaricia como las manos de un bebé.
Se llama Canela.
Su nombre está grabado en color negro sobre la frente de un sol de madera, en la amura de estribor. Me detiene, quiere que le vea bien. Dirige mis ojos sobre mi hombro derecho hacia una palmera volcada sobre la orilla, me lleva hasta ella y me sienta sobre el tronco. Mis muslos se quejan, está áspero. Me estira el camisón y me vuelve a sentar.
Se mece tan levemente que las olas parecen traspasarlo desde la popa. Frunzo el ceño y agudizo mi vista… ¿viene hacia mí?... me descubre un cabo que se pierde en el agua, casi puedo ver el ancla de popa arañando el fondo. Percibo su lucha por retenerlo allí, yo sé que quiere venir hasta la orilla, pero el ancla está vigilante, es la única que conserva la lucidez y no permite el desastre.
Pero no, ahora veo que no quiere venir… sólo quiere girar, quiere mostrárseme con orgullo, es presumido. Descubro ahora su babor, hay una luna llena de la misma madera que el sol, con sus montes y valles, sombras y luces. Leo de nuevo “Canela”, en el mismo azabache del sol. Sol y luna, luz y sombra… composición humana.
Vaya, pienso, en las dos amuras. Sí señor, que se vea en todos los ángulos, ¿qué llevará en la popa? ¿qué llevará en las aletas? ¿tal vez la polar, las Osas, quizá la Casiopea que también se dibuja en mi pecho?.
Sonrío, me sonríe. Huele a complicidad, empatía, camaradería. Sé que quiere que vaya yo, pero me hago de rogar. Sé que es mío, sé que no se irá ¿para qué tener prisa?.
Kavafis martillea mis sienes… “No apresures el viaje, mejor que dure muchos años y viejo seas cuando a Ítaca llegues, rico con lo que has ganado en el camino…” Me ha oído… el placer del viaje, asiente con su proa. Así es, estamos de acuerdo. Permanecemos allí de forma intemporal, disfrutando de ese viaje, sabiendo que vamos a llegar uno al otro, como dos amantes con sus cuerpos a dos milímetros, que se huelen, que se consumen en el calor del deseo, cuyos pechos se inflaman y casi, casi se rozan, sabiendo que la pasión será saciada, con la paz y complacencia de saber que la espera tendrá su recompensa.
Un escalofrío me despierta de la hipnosis y recorre mi espalda por su centro. Décimas de segundo hasta que lo identifico… es el sol, aplastante. La gota de sudor se multiplica por mi frente, brilla en mi labio superior y encadena mi pelo a la nuca. Es el momento. Él sabe que mis pies no entrarían en el agua hasta que sintiera el sofoco, sabe que gusto del fuego, que soy mujer de ardor y calor.
No recuerdo el recorrido, no sé cuándo llegué a él. No recuerdo la humedad ni la frescura del trayecto. Las percepciones me abandonan, no sirven ahora. Es como si el cuerpo y la mente se fundieran en un algo inerte, para simular la nada, la muerte, y así recuperarse, prepararse, para las nuevas sensaciones. Es la presunción que avisa de algo, la intuición que transmite señales de alarma. Los sentidos se tensan, y con ellos vuelve la mirada, la visión.
Hay una plaquita junto al timón:
Quédate a la deriva en el mar inmenso y en calma
donde sólo escuches
el susurro de las olas acariciando los sentidos,
y a mi corazón libando tiernamente el tuyo.
Quietud, paz, sosiego inundan ahora todo, a mí, a él. Se balancea para avisar de la ansiedad ante la partida, como un caballo impaciente a quien molesta la brida.
Ahora sé que tenía razón.
“No temas a los Lestrigones ni a los Cíclopes,
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los Lestrigones ni a los Cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante tí.”
Mi alma no los quiere, no los tiene, no los teme. Cuánto he ansiado esa afirmación. Inspiro hasta que me parece que voy a explotar, no son mis pulmones; son mis velas, velas latinas que se inflaman para la partida, que se orientan para recibir el viento.
Oigo a Poseidón ordenar amenazantemente a Bóreas, Noto y Euro que se paralicen, que no se atrevan. Le veo sonreír a Céfiro, invitándole con un ademán afectuoso a que llegue hasta nosotros.
Levanto mis ojos, al fondo está el azul, allí está él. El mismo mar, distintas orillas…Sólo hemos de navegar, me dice. Y partimos.
(Canela, en agosto de 2008, navegando en un barco que no era el mío.)
Sólo soy una persona que intenta ser feliz haciendo el menor daño posible a los que me quieren, que desea ser querida, tener paz, estar sana, y que el dinero me preocupe cada vez menos.