Os doy la bienvenida a los conquistadores de sueños y de islas, a los que añoran el azul turquesa, a los que descubren nuevas ilusiones y pasiones, porque nunca es tarde para vivir añorados deseos...

sábado, 25 de diciembre de 2004

La granja de la Tía Sensión.

Hoy he estado con la tía Sensión (en realidad, es Ascensión, en dialecto del lugar), como cada Navidad. Su casa está en una pedanía de Orihuela, la Media Legua, justo justo en medio de la Senda del Poeta:

del poeta Miguel Hernández, por supuesto.

Desde la parte de atrás de la casa, donde está la granja, puede verse la Sierra de Orihuela (un frio gélido hacía hoy)


Y aunque ahora tiene pocos animales, da gusto verlos. Entre ellos, unas ocas que no han parado de graznar todo el rato hasta ponerte la cabeza como un bombo; hay quien las prefiere como guardianas antes que a los perros .




Tiene algunas variedades de pollos, como este:



o como este, llamado "mericano" (americano)



O este, que hoy parecía que iba de estrella de la fiesta, porque era el que más gallinas tenía a su alrededor.


También algunos conejillos sueltos,



Pero los mejores conejos, los de criar, están por supuesto en sus jaulas. Conejos de 7 kilos de peso que te rompen la espalda con las sacudidas que dan al cogerlos.



Sin embargo, tan grandes, y aunque hay varios iguales, parecen tener serias dificultades para criar. Mi tía se queja de que lleva varias semanas "echando las hembras a los machos" y ningún encuentro prospera. Me ha llamado la atención que le echaba la culpa a las hembras y le he dicho que a ver si es que los machos eran estériles, digo yo. Entonces nos hemos puesto a inspeccionar sus atributos (parece que eso algo pudiera tener que ver) y resultó que el monstruo que habéis visto, estaba el pobre hecho polvo. Siento que la foto no haya salido muy bien, pero seguro que algunos lo agradecerán.


Una hembra lo había capado; resulta que cuando ella se "harta", le mete un mordisco, normalmente muy "certero" y le arranca los testículos de cuajo.

Y ya protegido dentro de un pequeño almacén, algo precioso y sorprendente, que yo no había visto nunca, una incubadora de aves:



He aquí los primeros frutos:




Junto a la granja, hay un pequeño huerto de frutales, resto de lo que fue antes, donde casi me caigo de espaldas cuando he descubierto esto:



que parece ser un auténtico cidro (y yo buscándolo por tierras lejanas).



Y ya no os canso más. Lo último: una espina de Cristo fantástica en la puerta de la casa.


lunes, 6 de diciembre de 2004

Encuentro inesperado.

He salido a dar un paseo esta mañana, aprovechando un parón en la lluvia. Se trataba de subir a pie a la Serra Grossa, por la cara norte, ya que siempre he subido en coche por la cara sur. El primer trozo del camino es artificial, y te encuentras con mucha gente paseando a sus perros (aunque aquí no se vea a nadie, que para eso me he esperado un rato).

La cima de la Serra es bastante plana, y la primera vista del mar llega al mismo tiempo que la llovizna fría como un demonio y un aire gélido que te hiela la nariz.

Me asomo al precipicio, para ver la altura hasta la orilla del mar, y de repente, un movimiento a la derecha. ¿Una paloma? ¿Ni una sola gaviota y aparece una paloma solitaria? Me acerco a ella con cuidado para no asustarla. Está justo en una roca inclinada sobre el precipicio. Un poco chungo acercarse pero lo hago.

Ni se inmuta. Me mira un segundo como pensando "vaya hombre! ni aquí puede uno estar en paz", y vuelve de nuevo su mirada hacia al mar.

Yo me sigo acercando por detrás. No me hace ni caso. Casi puedo tocarla. y cuando mi mano está a dos milímetros de ella, se va. Yo creo que lo ha hecho a posta.

Y mientras, las gaviotas estaban abajo, en la playa.



martes, 30 de noviembre de 2004

Las termas megapijas de los romanos yupis.


En Calpe está situado el Peñón de Ifach, cerca del cual se encuentran unas Termas romanas de los siglos IV y V.













Acercándonos a ellas, vemos la insinuación de la construcción ya casi imposible de identificar.













Las termas, en realidad, forman parte, como todas las termas, de
un palacete normalmente mandado construir por los romanos ricachones pijos. Se sitúan en los bajos de la casa, y consisten en tres piscinas con agua a diferente temperatura (fría, caliente, fría). En el caso de Calpe, son los restos de ese palacete, en el que se descubrió y dedujo la existencia de termas.

Más de cerca, vemos el arco del horno que se describe en el cartel del principio:















La especie de piscina que se ve, formaba parte también de la hacienda del romano yupi, y en realidad eran unas piscifactorías que mandaba construir con el fin de críar sus propios animales marinos, para su personal disfrute, tanto de la visión como del gusto, y que la esposa e hijas pijas ricachonas del romano pijo yupi ricachón, también usaban para bañarse entre peces cuando les venía en gana.














Para que esas piscifactorías funcionaran de modo natural, se construían unos
pasadizos en las rocas para que el agua entrara y saliera libre y oportunamente, haciendo unos surcos donde se encajaban unos tablachos.

jueves, 28 de octubre de 2004

Las lágrimas de las panteras negras. (Para Adolfo).

Érase una vez una familia de panteras negras, formada por un papá, unaa mamá, un abuelito, y por Pinky.


Pero Pinky no era de color negro, era de color rosa. Era tan bonito que cuando su mamá lo llevaba a pasear, todas las mamás de la selva se volvían a mirar y le decían: "Oh, que guapo es!", "Vaaaaaaaya, qué color tan bonito tiene!", "Mira, mira, es tan suave....".Su mamá estaba muy orgullosa, porque a ella también le parecía que Pinky era precioso, y siempre decía que tenían mucha suerte porque eran una familia que se quería mucho y eran muy felices.


Lo que más le gustaba a Pinky era irse con su abuelo. Su abuelo era una pantera enooooooooooooooorme y muy muy muy negra, tanto, que cuando Pinky se ponía debajo de él, le parecía como si fuera de noche. El abuelo le contaba historias de cuando él era pequeño, y le decía que la selva ya no era como antes. Ya no habían tantos animales, ni tanta vegetación, y ahora la caza se había puesto fatal. Lo que pasa es que su mamá no le dejaba mucho irse con su abuelo. Le decía que el abuelito era muy mayor, y que la selva era peligrosa. Que le daba miedo que se alejaran mucho, porque el abuelito ya no podía defenderse si les atacaba un elefante, por ejemplo.


- Abuelito, vámonos a pasear.

- No podemos, Pinky, tus padres no nos dejan.

- Pues no se lo digamos... si volvemos enseguida!!.

- No, no, Pinky, eso es mentir, no se debe hacer. Tu madre tiene razón, yo ya soy muy viejo, y no puedo protegerte. Anda ven, túmbate aquí a mi lado; voy a contarte una cosa.


El abuelo estiró sus grandes patas, para que Pinky se pudiera recostar sobre su pecho.Pinky oía POM POM POM POM POM, y pensó que dentro de su abuelo había un gran tambor.


”¿Sabes lo que me gustaba hacer los domingos, cuando era joven? Me gustaba irme con tu papá a pasear por la selva, pero muy temprano, cuando aún el sol no calienta y sus rayos comienzan a pasar a través de los árboles. ¿Sabes para qué? Pues para coger un gran ramo de flores, para tu abuelita. Tú eres como ella, de color rosa. Ella era preciosa, como tú, y muy alegre, también como tú. Y única, como tú. No hay ninguna pantera más en el mundo de color de rosa. Una vez un cazador la vio de lejos, y la fotografió. Tu abuelita se hizo famosa en el mundo entero, porque un dibujante se inventó una pantera como ella para la televisión, y hasta se hicieron películas y todo. A veces cuando se enfadaba conmigo, para hacerme rabiar me decía “me iré a ese continente donde hablan tan raro y me pasearé orgullosa por sus ciudades, y tú te quedarás aquí aburrido y cuidando de todo”.


A ella le gustaban mucho las flores, y tu papá y yo recorríamos la selva para llevarle una de cada color. Amarillas, rojas, blancas, verdes, violetas, azules, naranjas, rosas..... todas las flores de la selva me parecían pocas para ella. Ella se ponía muy contenta cuando nos veía llegar, juntos, y al vernos a los dos tan cargados de flores nos decía medio burlona “menudas panteras fieras, si parecéis unos burritos mimosos entre tantas lindas flores ...”

- ¿Qué son burritos, abuelo?

- Los burritos se parecen a las cebras, pero sin rayas, y viven en España, un país que está muy lejos. Los burritos tenían antes una vida muy triste, siempre cargados con cosas pesadas.... pero ahora no, ahora, como casi se mueren todos, los cuidan y ya no trabajan.Bueno, pues regresábamos y ella, mientras no paraba de cantar, ponía las flores en un gran círculo, y luego nos hacía entrar en él y nos decía "mirad, el mundo está fuera de aquí, nosotros estamos en un mundo distinto, y nada nos separará jamás; las flores nos protegen para siempre, este es nuestro lugar, siempre juntos; donde podamos hacer un círculo de flores allí estaremos los tres para siempre..." Pinky dijo - Sigue, sigue!!!


Pero su abuelito no hablaba. Pinky se levantó y lo miró. Nunca había visto a su abuelito llorar.


Pinky no sabía que las panteras tan grandes y tan negras y tan viejas pudiesen llorar.

lunes, 18 de octubre de 2004

Nacer junto al mar.

Ya sabéis muchos de mi pasión por el mar.

Esta mañana he ido un rato después de casi un mes que no había podido tocarlo. Estaba maravilloso, como siempre. Como el sol, que en esta época ya no sofoca, sino que acaricia la piel e invita a cerrar los ojos y dejarse invadir por su tibieza... Dicen que quien ha nacido cerca del mar, se muere entre montañas. Yo lo más que he estado sin verlo han sido como 10 días. Aquí, donde yo vivo, nunca pierdes de vista el horizonte y éste es prácticamente plano, aunque mires hacia el interior. Recuerdo unas vacaciones en Campo (Huesca). Estábamos rodeados de los maravillosos Pirineos, en un lugar realmente bello cercado de montañas, carreteras por desfiladeros... pero la sensación de mirar al infinito y no ver horizonte, a mí me resultaba agobiante.

Siempre encontrabas tremendas paredes de montañas a tu alrededor.
Cuando volvimos a Alicante, a la altura del Altet, donde hay una pequeña ensenada y a lo lejos se ve por primera vez el mar, para mí es como hipnotizante, ya no puedes dejar de buscarlo y mirarlo. Es estar de nuevo en casa.

Desde lo alto de la Serra Grossa, si miro hacia el sur, veo la Playa del Postiguet, en Alicante ciudad, y el puerto deportivo, con el Castillo de Santa Bárbara en primer término y en segundo, el Monte Tossal (Castillo de San Fernando).

Hacia el este, en días claros puede verse la Isla de Tabarca, Reserva Marina:

Hacia el norte, la Serra Grossa oculta el Cabo de las Huertas y Playa de San Juan, de arena, como te gusta.






y detrás de esa, la que no te gusta, la de piedras.

lunes, 11 de octubre de 2004

Pasado y presente, pero sin futuro. VII.

Curiosamente, al terminar no estoy triste. La melancolía no es siempre triste. Es una vida, cosas que son tuyas para siempre, cosas que pasaron y viviste.

He disfrutado mucho haciendo este post. He recordado montones de cosas que tenía enterradas, y estoy contenta porque las viví, las disfruté, y puedo contarlas ahora.

Me viene a la memoria Joan Manuel y

Aquellas Pequeñas Cosas
...


Uno se cree
que las mató
el tiempo y la ausencia.
Pero su tren
vendió boleto
de ida y vuelta.

Son aquellas pequeñas cosas,
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.

Como un ladrón
te acechan detrás
de la puerta.
Te tienen tan
a su merced
como hojas muertas

que el viento arrastra allá o aquí,
que te sonríen tristes y
nos hacen que
lloremos cuando
nadie nos ve.

Pasado y presente, pero sin futuro. VI.

Salgo, doy la vuelta y entro en la cuadra. Sonrío al ver lo más moderno que hay dentro.



Lo demás, tiene todo el mismo color: el blanco grisáceo del polvo y las telarañas.




Quizá arriba sea distinto.



Sí, se parece bastante a cómo era.



Pero todo está vacío.



En el corral, lleno entonces de pollos y gallinas, y cerdos, sólo hay matojos. Cómo me gustaba venir a mirar cómo las aves entraban y salían libremente, preguntándome por qué no aprovechaban la salida para huir, empeñando en perpetuar su cautiverio, esa tortura de que les roben los huevos, y aquellos asesinatos de mi abuela principalmente, que a mí no me lo parecían. Era la aceptación natural. Los animales se crían para ser comidos. La ternura de los pollitos y los conejitos no estaba reñida con la visión de su final. Estaban para eso y así había sido siempre. Los pollos morían degollados, los conejos de un puñetazo en la nuca. Y no había torturas prolongadas. Se aprendía a matar para que la agonía no existiera. Rotundidad mortal.



Queda la bodega. Lugar tenebroso donde tenía prohibida la entrada. Mi curiosidad sólo se saciaba en octubre, durante la vendimia. Es fácil imaginar por qué siempre estaba cerrado.



Aquellas cubas siguen sin tener protección. Si caes cuando están llenas, mueres. Si caes cuando están vacías, seguramente también.



Algunos aparejos sobreviven. Ahora pienso en que serían magníficos maceteros para mi casa, y decido que me los llevaré.



El vino se embotellaba en botellas de vidrio negro, y las etiquetas las traían de un imprenta de un pueblo cercano. Recuerdo que fue una de mis primeras lecturas. Ponía algo así como "Vino de la Finca San Clemente". El vino era casi tan negro como el vidrio, y tremendamente oloroso.



Uf, recuerdo que hacían falta dos hombres para moverla.



Arriba, a los depósitos, es imposible subir, tal vez otro día con una escalera.



Terminado el recorrido, al llegar a mi casa, la de ahora, he rebuscado entre mis fotos. No es fácil tener fotos de aquella época, nadie tenía cámaras. Por eso recuerdo cada momento que recogen, porque eran muy especiales ¡alguien con cámara de hacer fotografías! Aquello era alucinante. No vivías hasta que volvían a traértelas ya reveladas.

Pasado y presente, pero sin futuro. V.

Al subir, la madera cruje suavemente, y no sabría si se está quejando o sus gemidos son de complacencia, por encontrarse con alguien conocido, que comparte tantos recuerdos.



Cuando entras, un aire cálido te invade, es como si estuvieras en otro mundo; una suave penumbra lo baña todo, y ya no se puede subir más alto. Tocas el techo, y me asombro de que el deterioro que he visto en los pisos inferiores, aquí no se da. Alguna gotera, sí, es verdad, pero viendo estas inmensas vigas de madera dirías que jamás podría derrumbarse.



Recuerdo esos tubos... son de cinc. Jamás llegaron a colocarse. Formaban parte de lo que iba a ser la instalación de agua corriente en la casa. Se suponía que aquí iban a ponerse unos grandes depósitos, también de cinc, que servirían para canalizar el agua por toda la casa. Los bidones, naturalmente, tendrían que llenarse a cubos, subiéndolos a mano desde el aljibe... Qué absurdo. Una frivolidad de ricos que nunca tendrían que acarrear esos miles de cubos hasta aquí, sólo por el placer de abrir un grifo y ver caer el agua...



La perrita Chispa, que todo el tiempo ha ido en avanzadilla, olisquea sin parar y busca alguna paloma despistada. Antaño, había cientos... entraban y salían libremente, ponían sus nidos, y ni siquiera había ratas; no corrían ningún peligro. Cuando nos colábamos aquí a escondidas, lo hacíamos con el máximo sigilo que los niños pueden hacerlo, de puntillas para que las palomas no se espantaran, y poder mirarlas... eso duraba 5 segundos, porque lo que de verdad nos gustaba era eso, espantarlas! Echábamos a correr riendo y gritando y aquello se convertía en una algarabía ensordecedora; un girigay donde se mezclaban nuestros sonidos y los de ellas, que sobrevolaban nuestras cabezas y alguna venganza churretosa nos dejaban por encima...



Me acerco al círculo-puerta-mirador, y al ponerme delante veo que es el mismo aire de hace 35 años, una brisa fresca y rápida, constante, que me hace llorar los ojos como entonces; la luz me vuelve a deslumbrar también como entonces. Esto sí es igual, no ha cambiado; aire y luz son los mismos.



Pero ya no se ve el mar. Cientos de edificios lo ocultan ahora. Cuando hace décadas subía aquí, esperaba a que las palomas recuperasen la paz y luego me asomaba a mirar el mar, tan azul... entonces no era costumbre ir a la playa, y menos viviendo en el campo. Acercarse al mar era un acontecimiento extraordinario, y mirando aquel horizonte yo me acordaba de las olas, y la brisa y la luz me hacían imaginar que estaba en la orilla, jugando.



Espera, mira, allí a la derecha, tras el pino, un pequeño trozo azul. Antes, todo el horizonte era así. Me quedo mirando un rato, hipnotizada.



Hay que irse, nos quedan todavía los otros dos edificios. Al volverme, veo unos papeles semi enterrados por el polvo, la tierra, las telarañas, la suciedad de las palomas. Los sacudo levemente. Son muchos más antiguos que mis recuerdos. En la fecha, pone 13 de marzo de 1934.



Deshago todo el camino, y vuelvo a la calle.




La luz del sol vuelve a deslumbrarme, no he podido casi abrir ninguna ventana en todo el tiempo, la mayoría están bloqueadas por dentro con tablones. En la calle, voy hacia la puerta principal, por ahí no se puede entrar, está tabicada, por enésima vez, con planchas de metal.



Voy al almacén.



Casi no queda ya nada de lo que fue. La larga piedra, con bancos corridos de madera a los lados, donde las mujeres se sentaban a descascarillar la almendra que los hombres iban echando encima ya no está...el arado tampoco... ni el yugo...la piedra de allanar el terreno, que Generosa, la mula, arrastraba, tampoco está; no veo las guadañas ni el carro... ni los capazos de esparto, ni las garrafas del aceite, ni las tinajas de aceitunas, ni los sacos cosidos a mano para la almendra, la aceituna y la algarroba...sólo quedan algunas viejas herramientas.




Mi foto
Sólo soy una persona que intenta ser feliz haciendo el menor daño posible a los que me quieren, que desea ser querida, tener paz, estar sana, y que el dinero me preocupe cada vez menos.