Dicen que a cierta edad las mujeres nos hacemos invisibles, que nuestro protagonismo en la escena de la vida declina y que nos volvemos inexistentes para un mundo en el que sólo cabe el ímpetu de los años jóvenes. Yo no sé si me habré vuelto invisible para el mundo, es muy probable, pero nunca fui tan consciente de mi existencia como ahora, nunca me sentí tan protagonista de mi vida, y nunca disfruté tanto de cada momento de mi existencia.
Un día me descubrí en el espejo sin reconocerme; vi cosas en las que jamás había reparado a pesar de mirarme cada día. Vi mi mirada distinta; mi piel no es la misma; mis gestos están marcados en ella... Miré dentro de mis ojos y vi mi vida, vi cada momento pasado, cada instante perdido, cada decisión no tomada, cada beso no dado, cada caricia perdida... y descubrí que mi vida y yo nos habíamos ido separando una de la otra... y que ya casi no nos reconocíamos.
Y me sentí muy cansada... cansada de ser una perfecta mamá... cansada de ser una perfecta esposa... cansada de ser una perfecta hija.... cansada de ser una perfecta trabajadora... cansada, cansada.... Era porque me estaba mirado inquisitivamente, pidiéndome explicaciones, exigiéndome cuentas... cerré los ojos asustada y dos lágrimas resbalaron de mis ojos.
Pero al cerrarlos, fue como si en realidad los hubiese abierto; en mis lágrimas vi reflejada otra vida... y me vi en ella de otra forma. Descubrí que no soy una princesa de cuento de hadas, descubrí al ser humano que sencillamente soy, con sus miserias y sus grandezas. Descubrí que puedo permitirme el lujo de no ser perfecta, de estar llena de defectos, de tener debilidades, de equivocarme, de hacer cosas indebidas, de no responder a las expectativas de los demás. Y a pesar de ello.... quererme mucho y merecer la pena para alguien. Cuando me miro al espejo ya no busco a la que fui... sonrío a la que soy.... Me alegro del camino andado, asumo mis contradicciones. Siento que debo saludar a la joven que fui con cariño, pero dejarla a un lado porque ahora me estorba. Su mundo de ilusiones, fantasía y perfección ya no me interesa.
Qué bueno vivir sin poner el listón tan alto, qué bien no sentir ese desasosiego permanente que produce el correr tras los sueños. La vida es tan corta y el oficio de vivirla es tan difícil, que cuando uno comienza a aprenderlo, ya hay que morirse.
Qué reconfortante descubrir que las realidades más grandes y más bellas, se tienen cuanto menos las posees y quieras retenerlas. Si quiero tener el mar, lo contemplo, abro mis manos en el agua y siento a todo el mar en ellas. Por fin entiendo que, si cierro mis manos para retenerlo, se quedarán vacías. Si quiero tener el sol y gozar de su calor, abro los ojos y expongo mi piel ... porque si los cierro para retener su luz, sé que me quedaré a oscuras. Si quiero vivir el gozo de tener, debo liberarme de la manía de poseer y retener.
Ahora vivo cada momento como si fuera el último, amo y me dejo amar, no busco con ansia, pero disfruto de lo que encuentro.... no quiero ambiciones profesionales ni me esclavizan las aspiraciones personales... sólo así se puede gozar de la vida, sabiendo que la tienes sin poseerla y dejándola correr sin retenerla.
Y decidí ser tan compasiva conmigo misma como capaz soy de serlo con los demás, y me atreví a concederme un descanso...
Abrí los ojos y me contemplé de nuevo. Y descubrí cómo soy en realidad; me di cuenta de que había madurado; ya no era una niña, sino una mujer.... y sentí una gran paz.
