Antes, se recogían miles de kilos con el viejo método. Es decir, una a una, una a una. Recuerdo los pies de mi abuelo, con alpargatas de esparto, húmedas por el rocío de la hierba, y sus manos endurecidas, como de hormigón, imperturbables ante el frío. En cuclillas, durante horas, andando a pequeños pasitos, recorría los bajos de los olivos recogiendo la aceituna una a una.
Yo jugueteaba alrededor, pisaba las aceitunas, él me reñía "vaya un pijo de sagala, que no para quieta, no me pises la oliva chiguita!!!" y yo, absorta en mi juego le ignoraba, mientras iba saltando de encima de un saco al suelo, de encima del carro al suelo, de encima de un olivo al suelo.
Luego el método manual pasó a la red. Ésta se colocaba sobre el suelo, bajo el árbol. Alguien vareaba el olivo, las aceitunas caían, y después se recogía la red y se vaciaba en el carro. Entonces las mujeres le quitaban los trozos rotos de ramas, las hojas... y después la metían en sacos. Venía un camión de la almazara y se los llevaba, devolviendo unos años más litros de aceite que otros. Un año el aceite era verde oliva, nunca mejor dicho, aterciopelado, amargo, fuerte, y otros más amarillo y claro, más suave de sabor.
Los mayores decían que el aceite salía como el árbol quería, que para eso las olivas eran suyas.
Ahora, la recolecta de la aceituna se convierte en unos pocos litros de aceite, que se ha de llevar lejos, a una de las pocas almazaras que quedan donde te hacen tu aceite con tus aceitunas, en Elche. Casi todas funcionan ahora como cooperativas; se reúne toda la aceituna de diversas fincas, pesando previamente cada uno la suya, y se trabaja junta para después devolver en aceite el mismo número que de kilos.
Domingo familiar, de campo. De ese campo donde ya sabéis que pasé gran parte de mi vida, y en el que transcurren muchos fines de semana, ya más como tiempo de ocio y paz que como de labor estacional. Ahora, en invierno, toca aceituna.
Un huerto de olivos...
Una cuasicuadrilla...
El agua del escorrior desviada a otro bancal...
Unos con jeta observan...
Se queman rastrojos aprovechando la presencia humana y el paso del agua, por si acaso... no sea que tengan que venir los bomberos.
Ya no hay redes. Ahora, se ha limpiado el suelo anticipándose a la caída del fruto, y con un rastrillo, se amontona cuando el árbol ha madurado la oliva y la ha tirado a tierra.
Y algunos aprovechan para vivir una experiencia que probablemente no existirá en su mayoría de edad.
Se estría un poco de la suciedad mayor, y se echa a un capazo.
De ese capazo, se echa al (papá otra vez se me ha olvidado cómo se llama) bueno a este artilugio, donde mucha de la suciedad se cuela por las rendijas, y el aire ayuda llevándose la hojarasca y briznas de hierba.
A mano se terminan de quitar huesecillos de oliva, las piedras más pequeñas...
La oliva queda así limpia y escogida.
Y se vierte en el saco correspondiente, para su transporte a la almazara, y que ya no es de tela de ídem, sino de rafia, más barata.
Y si no hay suficientes sacos, pues en cajas.
Y el pre-aceite inicia así su viaje a la almazara.
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Yo jugueteaba alrededor, pisaba las aceitunas, él me reñía "vaya un pijo de sagala, que no para quieta, no me pises la oliva chiguita!!!" y yo, absorta en mi juego le ignoraba, mientras iba saltando de encima de un saco al suelo, de encima del carro al suelo, de encima de un olivo al suelo.
Luego el método manual pasó a la red. Ésta se colocaba sobre el suelo, bajo el árbol. Alguien vareaba el olivo, las aceitunas caían, y después se recogía la red y se vaciaba en el carro. Entonces las mujeres le quitaban los trozos rotos de ramas, las hojas... y después la metían en sacos. Venía un camión de la almazara y se los llevaba, devolviendo unos años más litros de aceite que otros. Un año el aceite era verde oliva, nunca mejor dicho, aterciopelado, amargo, fuerte, y otros más amarillo y claro, más suave de sabor.
Los mayores decían que el aceite salía como el árbol quería, que para eso las olivas eran suyas.
Ahora, la recolecta de la aceituna se convierte en unos pocos litros de aceite, que se ha de llevar lejos, a una de las pocas almazaras que quedan donde te hacen tu aceite con tus aceitunas, en Elche. Casi todas funcionan ahora como cooperativas; se reúne toda la aceituna de diversas fincas, pesando previamente cada uno la suya, y se trabaja junta para después devolver en aceite el mismo número que de kilos.
Domingo familiar, de campo. De ese campo donde ya sabéis que pasé gran parte de mi vida, y en el que transcurren muchos fines de semana, ya más como tiempo de ocio y paz que como de labor estacional. Ahora, en invierno, toca aceituna.
Un huerto de olivos...
Una cuasicuadrilla...
El agua del escorrior desviada a otro bancal...
Unos con jeta observan...
Se queman rastrojos aprovechando la presencia humana y el paso del agua, por si acaso... no sea que tengan que venir los bomberos.
Ya no hay redes. Ahora, se ha limpiado el suelo anticipándose a la caída del fruto, y con un rastrillo, se amontona cuando el árbol ha madurado la oliva y la ha tirado a tierra.
Y algunos aprovechan para vivir una experiencia que probablemente no existirá en su mayoría de edad.
Se estría un poco de la suciedad mayor, y se echa a un capazo.
De ese capazo, se echa al (papá otra vez se me ha olvidado cómo se llama) bueno a este artilugio, donde mucha de la suciedad se cuela por las rendijas, y el aire ayuda llevándose la hojarasca y briznas de hierba.
A mano se terminan de quitar huesecillos de oliva, las piedras más pequeñas...
La oliva queda así limpia y escogida.
Y se vierte en el saco correspondiente, para su transporte a la almazara, y que ya no es de tela de ídem, sino de rafia, más barata.
Y si no hay suficientes sacos, pues en cajas.
Y el pre-aceite inicia así su viaje a la almazara.
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