
He acabado la jornada hace como una hora y media. Lo último, secar el barco después de baldearlo. Me gusta hacer eso. El trabajo físico te permite pensar en tus cosas, aislarte un poco, y además, te cansas tanto que hasta resulta agradable.
Ayer por la tarde tuve un accidente. El armador se empeñó en cambiar de fondeo y por no molestarme, el capitán no me avisó. Estaba en la cocina, y al primer empellón del arranque me sobrevino el aceite de la freidora. Me cachisenlamar. Me he quemado la muñeca y brazo derecho, en una extensión razonablemente puñetera. Cómo duele...
Ayer fue un día especial. Camino de Pollensa, pudimos ver delfines. Yo nunca los había visto al natural. Son preciosos, qué suavidad de movimiento, qué indiferencia a todo... nadan tan sutilmente que parece que sea el mar el que se mueve, y no ellos.
Ayer sentí cómo un cúmulo de sensaciones emergían de nuevo desde la boca del estómago, cosquilleando por el esófago y apretando mi garganta. Tuve una imagen de mí misma que no sé si me gusta. Me recordé hace tan sólo dos, tres, cuatro años. Yo era una persona alegre, optimista, positiva, audaz, emprendedora... Ayer me dí cuenta de que una amargura sorda, espesa, está situada en el punto central de mi corazón, buscando una arteria por la que emerger y que, cuando lo consigue, se me agarra al pecho y me cierra la laringe. Me veo a mí misma ahora, como una persona triste, a veces casi taciturna, y m
e siento sola. Parece como si nadie pudiera llegar a donde yo estoy.
Ojalá pudiera librarme de esta pena compuesta por trocitos de decepciones, de frustraciones, que se empeña en mantenerme lejos de tantas cosas.
Qué necesidad tengo de un abrazo. Hace ya mucho tiempo que nadie me abraza.
Ayer por la tarde tuve un accidente. El armador se empeñó en cambiar de fondeo y por no molestarme, el capitán no me avisó. Estaba en la cocina, y al primer empellón del arranque me sobrevino el aceite de la freidora. Me cachisenlamar. Me he quemado la muñeca y brazo derecho, en una extensión razonablemente puñetera. Cómo duele...
Ayer fue un día especial. Camino de Pollensa, pudimos ver delfines. Yo nunca los había visto al natural. Son preciosos, qué suavidad de movimiento, qué indiferencia a todo... nadan tan sutilmente que parece que sea el mar el que se mueve, y no ellos.
Ese trozo de costa me transportó a otro lugar. Cómo necesitaba estar, sentirme sola, con gente a la que no conozco ni me conocen, con la que no tengo necesidad de hablar más allá de lo que pide la educación. Tener la oportunidad de sólo mirar el mar, los acantilados, oir nada más que un run-run del motor a los nudos precisos para disfrutar de un mar espejo, turquesa, donde la única espuma la hacía el barco... Qué sensación tan agradable sentir la brisa, es cómo si estuviera hecha sólo para tí. El atardecer es maravilloso en el mar.
Ayer sentí cómo un cúmulo de sensaciones emergían de nuevo desde la boca del estómago, cosquilleando por el esófago y apretando mi garganta. Tuve una imagen de mí misma que no sé si me gusta. Me recordé hace tan sólo dos, tres, cuatro años. Yo era una persona alegre, optimista, positiva, audaz, emprendedora... Ayer me dí cuenta de que una amargura sorda, espesa, está situada en el punto central de mi corazón, buscando una arteria por la que emerger y que, cuando lo consigue, se me agarra al pecho y me cierra la laringe. Me veo a mí misma ahora, como una persona triste, a veces casi taciturna, y m
Ojalá pudiera librarme de esta pena compuesta por trocitos de decepciones, de frustraciones, que se empeña en mantenerme lejos de tantas cosas.
Qué necesidad tengo de un abrazo. Hace ya mucho tiempo que nadie me abraza.
