Os doy la bienvenida a los conquistadores de sueños y de islas, a los que añoran el azul turquesa, a los que descubren nuevas ilusiones y pasiones, porque nunca es tarde para vivir añorados deseos...

domingo, 10 de octubre de 2004

Pasado y presente, pero sin futuro. IV.

Por el mismo salón se accede a los pisos superiores a través de una gran escalinata. Las burbujas que véis son partículas de polvo que capta la cámara al dispararse el flash.



Miro hacia arriba, no sé si subir...



Aparece la puerta de acceso al primer piso. Recuerdo las escandalosas carreras infantiles, incansables hasta el palomar, y a Pili mandándonos callar "ssssssssss, el señor está en el despacho". El señor era médico y recuerdo que tenía una calavera humana auténtica sobre la mesa.



Ala derecha entrando, la terraza.



Desde la terraza, que da sobre la cocina, se ven los otros dos edificios que comprende la finca.




En el suelo de la terraza, los restos de una paloma.



Me asomo a los dormitorios, antaño acogedores y cálidos, con sus colchas de algodón y encajes, sus pesadas cortinas, su mobiliario austero y escaso. En esta planta dormían los mayores.


Ahora profanados, humillados impunemente.



Sigo al segundo piso, no sé si la escalera resistirá. Una gotera inmensa ha podrido la madera y separado los ladrillos hidráulicos.



En una ventana, restos de un nido informa del tamaño de la gotera, que permite pasar a las palomas. En primavera, en la ventana, los pájaros anidan detrás de la celosía. Yo he visto sus huevos, sus crías


Un enorme avispero avisa precaución; parece no haber nadie en casa, pero con las avispas nunca se sabe...



Entramos en la segunda planta. Aquí dormían los niños y la sirvienta. A la derecha, dos lavabos. Allí no había baños, se usaban las palanganas para lavarse en las habitaciones y los orinales para lo íntimo. Para lo demás, se salía al pasillo. A pesar de los grifos, jamás llegó a haber agua corriente. Existía un aljibe ahora condenado, de donde se extraía el agua potable, y se distribuía en cubos de cinc por la casa, según la necesidad.



Esto es soledad.



En la habitación de enfrente, el único vestigio de que allí, una vez, hubo más de 10 niños de edades similares.



Al final del pasillo, una impresionante escalera de caracol conduce a la buhardilla, al techo de la casa, al palomar..
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Sólo soy una persona que intenta ser feliz haciendo el menor daño posible a los que me quieren, que desea ser querida, tener paz, estar sana, y que el dinero me preocupe cada vez menos.