... el trabajo de fin de carrera. Una cosa más, o una menos, según como se mire. Seis años he tardado en hacer algo que en realidad duraba tres. Ir a la universidad a los 40 años es una experiencia interesante. En su momento no pude ir; en casa hacía falta trabajar. Luego la vida te va llevando por caminos no previstos como si fueras descendiendo lentamente por laberintos de toboganes, sin saber dónde, cómo ni cuándo van a cambiar los raíles.
Y un día de repente te encuentras en una estación teniendo que pararte a pensar cómo has llegado ahí.
Aunque cabe la posibilidad de que en realidad, lo que soy es desordenada. Cuando la semana pasada fui a entregar los volúmenes de la tesis, había una alumna, no mayor pero sí mucho más joven que yo, embarazada. Iba a examinarse, creo. Hablaba con uno de los tutores, quien me la presentó. Le di la enhorabuena, y me contó brevemente la pereza que le daba en su estado el tener que estudiar. Y me dijo que eso era fruto de su incapacidad para el orden. ¿Cómo? – dije. Sí, sí, para el orden… se supone que primero debía acabar la carrera y luego embarazarme, pero soy tan desordenada…
Pues eso, igual yo también soy desordenada, y he hecho antes un montón de cosas de las que se suponen que se hacen después.
Ha quedado bonito, y he disfrutado mucho haciéndolo. Ahora solo falta que al tribunal le parezca lo mismo y me dé una alegría, que no tenemos edad para disgustos.
