Lo más bonito de Menorca creo que ha sido poder ver la puesta de sol todos los días. En Alicante eso no es posible. El sol se pone por el oeste y aquí las montañas tapan. Pierdes de vista el sol mucho antes de que se vaya. Sin embargo allí lo puedes ver a diario. No hay nada como ver el sol perderse en el mar.
Hace tiempo que deseo ver el Rayo Verde, que conocí en una sencilla pero bonita novela de Julio Verne:
«¿Habéis observado alguna vez el sol cuando se pone en el horizonte del mar? ¿Lo habéis seguido hasta el momento en que la parte superior del disco desaparece rozando la línea de agua del horizonte? Pero ¿os habéis dado cuenta del fenómeno que se produce en el preciso instante en que el astro radiante lanza su último rayo, si el cielo, limpio de nubes, es entonces de una perfecta pureza? ¡No, seguramente no! Pues bien, la primera vez que tengáis ocasión -¡se presenta tan raramente!- de hacer esta observación, no será, como podría presumirse, un rayo rojo lo que herirá la retina de vuestros ojos, sino que será un rayo verde, pero un verde maravilloso, un verde que ningún pintor puede obtener en su paleta. Un verde cuya naturaleza no se encuentra ni en los variados verdes de los vegetales, ni en las tonalidades de las aguas más límpidas. Si existe el verde en el paraíso, no puede ser más que este verde, que es, sin duda, el verdadero verde de la Esperanza.»
Ya sé que es una tontería, pero desde que leí la novela, y esperé a poder ver una puesta de sol en el mar para buscar ese rayo verde. No hay que perder la inocencia.
No pude verlo. Todos los días que fui a ver la puesta de sol, en el último momento aparecían nubes que tapaban el disco en el momento cumbre.
Así que tendré que seguir esperando.
Hace tiempo que deseo ver el Rayo Verde, que conocí en una sencilla pero bonita novela de Julio Verne:
«¿Habéis observado alguna vez el sol cuando se pone en el horizonte del mar? ¿Lo habéis seguido hasta el momento en que la parte superior del disco desaparece rozando la línea de agua del horizonte? Pero ¿os habéis dado cuenta del fenómeno que se produce en el preciso instante en que el astro radiante lanza su último rayo, si el cielo, limpio de nubes, es entonces de una perfecta pureza? ¡No, seguramente no! Pues bien, la primera vez que tengáis ocasión -¡se presenta tan raramente!- de hacer esta observación, no será, como podría presumirse, un rayo rojo lo que herirá la retina de vuestros ojos, sino que será un rayo verde, pero un verde maravilloso, un verde que ningún pintor puede obtener en su paleta. Un verde cuya naturaleza no se encuentra ni en los variados verdes de los vegetales, ni en las tonalidades de las aguas más límpidas. Si existe el verde en el paraíso, no puede ser más que este verde, que es, sin duda, el verdadero verde de la Esperanza.»
Ya sé que es una tontería, pero desde que leí la novela, y esperé a poder ver una puesta de sol en el mar para buscar ese rayo verde. No hay que perder la inocencia. No pude verlo. Todos los días que fui a ver la puesta de sol, en el último momento aparecían nubes que tapaban el disco en el momento cumbre.
Así que tendré que seguir esperando.

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